Hicimos un pequeño recorrido por las calles del pueblo que ese día se teñían de granate. El piquete tocó sus marchas poniendo todo su empeño. No era nuestro Cristo con la Cruz a Cuestas a quien estábamos tocando, pero el sentimiento era el mismo.
Al son de nuestras marchas acompañamos a Cristo en el Calvario. En ese momento el nombre de nuestra cofradía hacia eco en el camino angosto y pedregoso que nos llevaba a lo alto del cerro, a la ermita.
El Cristo, que durante su traslado había sido portado por habitantes y vecinos del pueblo, entraba en su hogar con el «Oh Señor Oh Jesús déjanos llevar tu cruz» que tocaban las cornetas. Además Mª Pilar Lerin, hermana cofrade, entonó entre grandes dosis de emoción una jota dedicada al Cristo acompañada de tambores y un timbal.
Pero terminada la procesión, nos invitaron a todos los que habíamos presenciado el acto a una comida de confraternización junto con todo el pueblo. Muchos agradecimientos, abrazos, aplausos, en un ambiente donde se respiraba alegría.
A las 5 de la tarde se celebró la segunda procesión. La Virgen, desolada, era reflejo de tristeza y lamentación. Ella cubrió las calles del pueblo con sus lágrimas empujada por todas las mujeres. Nosotros con nuestros toques acompañábamos a la Virgen en su recorrido y entró en la iglesia victoriosa al son de las cornetas y tambores que le rindieron honores.
Era una experiencia nueva, que no se había vivido nunca. No eran nuestros pasos a los que tocábamos, pero como si lo fueran, no estábamos en nuestra casa, Santa Engracia, pero respirábamos el mismo aire hogareño.
Para todos los habitantes de Lagueruela y vecinos de pueblos de la zona, el pasado Sábado Santo se vivió un momento histórico en las calles de esta localidad. La Cofradía fue partícipe del traslado de ese Cristo, al que tan solo han sacado de su ermita tres veces en toda su historia.
Todo salió como estaba previsto, hecho con dignidad y con el mayor respeto posible. Pero nuestra paz rebosaba por algo más. Nos dimos cuenta de que todos los lagueruelenses esperaban devotamente este día con ilusión y esperanza. Ver las sonrisas de todos ellos nos provocó una gran satisfacción interior.
Texto de Adriana Pérez Lerín.